Inception 2.0

– Relajada, acostada, conversando contigo.

Así estaba. Yo en mi casa, él en la suya. Yo agotada después de un maratónico lunes que se sintió de 48 hrs. Él con su vaporizador y una copa de vino. No podía verlo pero podía visualizar esa escena. Vino tinto. Puedo imaginar una luz tenue en tonos rojizos también.

– Por un momento pensé que era real, jaja. – me escribe.

-Qué cosa era real? – pregunto curiosa.

-Real lo que decías.

– Y no lo es? Jaja – vuelvo a preguntar.

-Jaja, me refería a real, no virtual. La frase que dijiste tú. “Relajada, acostada, conversando contigo”.

-Ah! Comprendo.

Mientras yo lo imaginaba sentado con su copa en la mano y el celular en la otra; él me imaginaba ahí, frente a él, acostada conversando. Inmediatamente me imaginé en su casa, acostada apoyada en una almohada, conversando mirándolo a los ojos y no a la  pantalla de mi celular. Fue como un Inception. No me puedo sacar esa imagen de la cabeza. Probablemente no me pueda sacar esa imagen hasta que sea real. Real, no virtual.

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ED WESTWICK, LA VIOLACIÓN, Y LOS MIJITOS RICOS

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Quiero dejar claro de antemano que escribo desde una profunda molestia y que probablemente este texto no sea para nada prolijo y sea, más bien, un vómito de mis pensamientos.

Ayer salió la noticia de que Ed  Westwick, actor que interpreta a Chuck Bass en Gossip Girl (una de mis series favoritas) y que ahora interpreta a Vincent Swann en la comedia británica White Gold (Netflix), fue acusado de violación. Lo primero que sentí fue una gran decepción, sigo al actor en Instagram, me encantó la evolución de Chuck Bass en la serie y podría calificarlo quizás como amor platónico. Lo segundo que pensé fue: qué asco de persona. La declaración de Kistina Cohen es super gráfica y me dio mucha pena y asco. El weón abusó de ella, ella forcejeó y no pudo hacer nada porque obvio, él estaba encima y tenía mucha más fuerza. Me dio mucha pena por ella.

Luego vino la rabia, sobre todo al leer comentarios en FB y twitter. Me emputeció la incredulidad.

  1. “Ya pero sólo está siendo acusado, aún no se ha probado nada, puede estar mintiendo ella”. Really? Really? Vamos a seguir dudando de las víctimas? Una mujer tiene la valentía de contar que fue violada, en otras palabras, contar una experiencia traumática, y la respuesta es no creerle? A esto se le suman comentarios como que ella se quiere aprovechar de la fama de él o que quiere destruir su carrera. Primero, la víctima es actriz y aunque fuera alguien no-famoso, tampoco habría que dudar. Segundo, no se trata de destruir la carrera de él, pero si nos ponemos a hilar fino y hacer comparaciones, el destruyó parte de la integridad de su persona al abusar de ella. Destruyó la persona que ella era y eso, eso es mucho más valioso que una carrera. Si van a dudar cada acusación de maltrato, nos seguirán matando y violando.
  2. “Ya pero yo no entiendo, por qué espero tres años para contarlo? Seguro necesita plata ahora”. Justamente por pensamientos como el de arriba es que las víctimas se callan y se lo guardan. Imagínate te asaltan en la calle, te roban el celular, tu notebook, lo que sea; asustada le vas a contar a alguien y nadie te cree. Te dicen que quizás se te cayó, que lo perdiste por pavo, que no pueden asegurar que sea verdad porque no estaban ahí cuando te asaltaron. Que quizás solo estás un poco loco y necesitas atención y por eso inventaste que te asaltaron. Es de una impotencia tremenda, lo que más necesita una víctima es apoyo y contención, no dudas. Es un momento en el que también sienten mucho miedo. Además, en este caso en específico, Kristina explica que cuando ocurrió su madre estaba muy enferma de cáncer y ella estaba con una carga emocional demasiado alta como para lidiar con él tema del abuso así que se lo guardó. Por qué contarlo ahora? Porque ahora que más actrices han confesado que sufrieron abusos y acosos, ahora no se siente sola. No es tan complicado de entenderlo, a mí me parece super comprensible.

Ahora hay otro punto super importante y quizás el que más me molesta.

  1. “Ojalá me hubiese violado a mí!” Oh conchetumadre, puta que me da rabia. Violación no es sinónimo de tirar o culiar. No es sinónimo de decir “Ojalá hubiese tirado conmigo”. No porque el weón sea super mino significa que todas las minas van a querer tener sexo con él. Pa qué estamos con cosas, yo cagada de la risa hubiese tirado con Ed Westwick. La diferencia es que hubiese sido consensuado. Si una mina no quiere y él insiste y se lo mete, ESO ES VIOLACIÓN. No porque un weon sea mino una está obligada a tener relaciones con él. Incluso con los pololos, personas que uno probablemente encuentre atractivos, personas con las que uno decide tener una relación, personas a quien uno quiere. Si en un momento no quiero tener relaciones con mi pololo debido a la razón que sea (cansancio, no tener ganas, etc.) y el insiste hasta hacerlo a la fuerza, ESO TAMBIÉN ES VIOLACIÓN. Y es quizás el caso más común de violación, en el cual la víctima tampoco confiesa porque sienta culpa, culpa de no satisfacer a su pololo, culpa de no tener ganas, de ser mala polola, y mucho miedo.

Paremos de endiosar a los mijitos ricos. Un violador puede ser cualquiera, no tiene por qué tener pinta de viejo depravado asqueroso.

Para finalizar, me encantaría que Ed Westwick diera una declaración más seria que simplemente decir “no la conozco”. Eso me decepcionó aún más. Y ojalá Netflix cancele White Gold, si ya lo hicieron con House of Cards, ley pareja no es dura.

CATÁLOGO DE CITAS #6.3: Fármacos en La Batuta

Cómo empezar? Lo lógico sería partir por el principio de esta cita, cuando él me estaba esperando en el cambio de andén de Alcántara; pero tal vez es más preciso volver dos días atrás, cuando nos juntamos casualmente en el Apumanque a comer algo.

Yo tenía que ir a retirar un disco en Rosario Norte, así que le comenté durante la tarde que debía ir a sus barrios después de la pega. Cuando él salió de la oficina me escribió para preguntarme dónde estaba. –Sigo acá, ordenando las cosas para irme, por? – le respondí haciéndome un poco la tonta. Él solo atinó a responderme un vago “Aaah”. Diez minutos después, cuando ya iba en el metro, le pregunté: “Por si nos topábamos? No calzan los tiempos”. La verdad es que obvio que quería verlo y obvio que quería que calzaran los tiempos, pero quería guardar un poco de distancia luego de que el fin de semana me cancelara un panorama a última hora sin ninguna excusa aparente. –O sea por si nos juntábamos, más que toparnos. Vamos a comer algo al Apumanque? Tengo demasiada hambre. – Me propuso.

Nos encontramos en el patio de comidas y fue bastante torpe nuestro saludo. Yo justo estaba enviando un audio de whatsapp,  cuando veo que se me acerca y me pone la cara como para que yo le diera un beso en la mejilla. Ni si quiera como un típico saludo mutuo; no, me pone la cara. Como me pilló desprevenida solo atiné a hacer lo que me pedía y lo saludé. Al principio no entendía nada hasta que caché que algo tenía en la comisura derecha del labio. Pensé que podía ser un corte al afeitarse, pero no, luego me explicó que se trataba de un herpes, que cuando le bajan las defensas y anda muy estresado, generalmente le vuelve a brotar el virus. Así que nada de besos, solo nuestras usuales caminatas y un apretado abrazo de despedida. Esa misma noche quedamos en que al día subsiguiente iríamos a ver a Fármacos a La Batuta. Él no conocía la banda, pero confiaba en mi gusto musical.

….

Cuando nos encontramos en el cambio de andén le reclamé que el también podía darme un beso en la mejilla, y que eso no me iba a contagiar nada. Accedió, mientras me daba un cariñoso abrazo. En el metro me dijo que me veía muy bonita; esa fue la primera de varias veces durante la noche. Nos bajamos en Los Leones y tomamos la 104 en Suecia. Le gustaba bromear con que era su primera vez andando en micro. Si bien había andado antes en Transantiago, era su primera vez en una micro de ese color. En el camino le pregunté si había escuchado alguna canción de la banda y me comentó que los había buscado en Spotify y había escuchado la primera. –Creo que se llamaba Lento, asumo que es la más conocida – me dijo. –Esa es linda – respondí yo – es  como para bailar apretaditos, como para que te hagan así en la espalda – le dije mientras le hacía cariño en esa espalda que perfectamente podría ser de nadador, o rugbista.

Nos bajamos en Irarrázaval y empezamos a caminar hacia la Plaza Ñuñoa. Habían sido contadas con una mano las veces que había carreteado por allá, así que no sabía de ningún local piola y no muy caro donde hacer la previa antes de entrar a La Batuta. El HBH estaba completamente descartado porque él no es muy amigo de las cervezas, y al HBH uno no va a tomar piscola, uno va a tomar shop de cerveza artesanal. Seguimos caminando y terminamos piscoleando y comiendo papitas en un local pequeño al lado de Las Lanzas. Hicimos un salud porque no sólo era su primera vez en ese lugar, sino también la mía. Ahí me volvió a decir que me veía muy bonita, y que se le iba a hacer muy difícil no darme un beso. – De todas las veces que hemos salido, hoy es el día que te ves más bonita – afirmó, e incluso armó un ranking de mis looks, que iban ascendiendo conforme avanzaba nuestra Bucketlist. – Yo creo que eso tiene que ver con tu visión subjetiva de mí – le dije pragmática – y ahora que me conoces más, como te caigo tan bien, me encuentras más bonita. – No – replicó con relajo – es simplemente que hoy te ves muy bonita. Sonreí.

Conversamos sobre nuestros amigos, compañeros de trabajo y carretes épicos de esos dignos de Hangover o alguna película de ese estilo. Entre las piscolas y la conversa se nos pasó volando el tiempo y ya era momento de irnos a La Batuta. Lo primero que noté fue que se sorprendió del tamaño del lugar. No tenía ninguna expectativa, pero por la entrada del lugar se imaginó algo mucho más pequeño. Bajamos hacia el sector del escenario y nos quedamos cerca de la escalera. Al rato ya estábamos bailando, o más bien yo bailaba y él se movía un poco. Me miraba la boca, yo lo miraba muy coqueta; él me miraba a los ojos y nos sonreíamos. Me tomaba por la cintura, nos dábamos tiernos besos en el cuello y nos volvíamos a sonreír. Sabíamos que no podíamos, pero al menos teníamos la certeza y la complicidad de que los dos queríamos.

Empezó el show de Fármacos así que nos acercamos al escenario. Apareció Diego Ridolfi solo junto a su guitarra y entonó Visitarte, una de mis favoritas del Estado de Gracia, su último disco. Le comenté al oído que una de las razones por las que quise aprender a tocar guitarra fue para tocar esa canción. Él me dijo que le gustó mucho, y que iba a tratar de sacarla. Luego de Visitarte apareció el resto de la banda, tocando No dejes que me Calme. Era inevitable decir “¡esta me encanta!”, pero al rato me di cuenta que lo decía cada dos canciones, así que después de un par de canciones dejé de decirlo y solo lo pensaba. Él me abrazaba por la espalda y nos movíamos al ritmo de la música. Miré alrededor y no éramos los únicos; al menos había unas cuatro parejas en las mismas. Es que la música de Fármacos tiene esa calidez; era primera vez que los veía acompañada y se sintió demasiado bien. Canciones como Amor y Porno están hechas para escucharlas de a dos; al igual que Lento, pero cuando la tocaron me giré para abrazarlo y tocarle la espalda haciéndole cariño, como le había dicho más temprano en la micro.

Cuando terminó la tocata me dijo que le gustó mucho y me agradeció la invitación. Yo aproveché de comprar el Estado de Gracia para sumarlo a mi colección de discos chilenos. Me hubiese quedado a esperar a la banda para que me lo firmaran, pero en ese momento no era prioridad. Pidió un uber y me dijo “Vamos a tu casa”.